Instrucciones para no olvidar

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No sabemos quién las escribió.
No sabemos cuándo.
No sabemos si fueron pensadas para alguien más o solo para sí mismo, como quien deja migas de pan en el bosque antes de adentrarse. Las encontramos dentro de una carpeta gris, sin etiquetas, entre los documentos polvorientos de una casa que ya no pertenece a nadie. Ni siquiera estaba archivada, simplemente estaba allí, sobre una mesa coja junto a una lámpara fundida y una taza sin asa.

Eran cinco folios. Papel normal, tinta negra, escritura a mano de una pulcritud que parecía casi compulsiva. Cada línea comenzaba con un verbo en imperativo: Evita. Anota. Oculta. Revisa. No mires atrás.

No era un listado convencional. No parecía una nota doméstica ni una lista de tareas. Era algo distinto. Un intento desesperado, quizá, por fijar lo frágil. Un esfuerzo por atrapar lo que la memoria desecha con demasiada facilidad. Un gesto de quien intuía que, sin instrucciones, los días se disuelven.

«Apunta las palabras que ya no escuchas. Hay sonidos que se desvanecen antes que las imágenes.»

Esa fue la primera frase. Le siguieron otras.
Algunas eran simples, casi obvias, pero encerraban una lógica extraña, como si obedecieran a una historia que solo el autor conocía.

«No conserves objetos por su valor. Conserva aquellos que te han mirado.»

Entre los documentos había una fotografía doblada. En ella se intuía un pasillo largo, con luz natural al fondo. Apenas se distinguía una figura al fondo, sentada, desenfocada, como un error de exposición. En el reverso, en la misma caligrafía, se leía: “A veces, recordar es una forma de continuar la conversación.”

No sabemos cuánto tiempo llevaba allí.
La casa había sido desalojada años atrás. En el desván aún quedaban cintas de cassette sin etiquetar, cajas con negativos, etiquetas de estanterías con nombres de lugares que no aparecían en ningún mapa. Todo parecía tener un orden y a la vez ninguno. Como si alguien hubiera intentado organizar su vida en archivos, pero se hubiera rendido a mitad de camino.

Y sin embargo, las instrucciones estaban allí. Claras. Firmes.

«No confíes en el calendario. La memoria no sigue fechas, sino umbrales.»

«Desconfía de los recuerdos que encajan demasiado bien.»

«Guarda una llave, aunque no recuerdes qué abre.»

Cuando compartimos el hallazgo con un archivero retirado, experto en tipologías documentales, nos dijo que ese tipo de escritura no era inusual. Que muchas personas, al envejecer, intentaban dejar mapas. No para otros, sino para sí mismos. Pero esta lista no sonaba a vejez. No había torpeza en el trazo, ni repeticiones, ni duda. Era un documento lúcido, preciso. Como si el autor supiera que alguien —no él— acabaría leyéndolo.

A veces creemos que escribimos para nosotros. Pero la verdad es que siempre hay otro, al fondo de la sala, escuchando. Y estas instrucciones parecían hablarle directamente.

Tal vez no sean universales.
Tal vez solo tengan sentido para quien vivió allí, para quien conoció los nombres que alguna vez figuraron en las etiquetas ahora vacías.

O tal vez, como ocurre con ciertas canciones que nunca escuchaste antes y aún así reconoces, estas instrucciones te suenan porque, de alguna manera inexplicable, siempre las has sabido.

Y por eso las dejamos aquí, sin firmar, sin adornos.
Como un eco, como una advertencia, como una posibilidad:

«No intentes recordar todo. Aprende a olvidar bien. Lo esencial siempre regresa.»

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