Categoría: Ensayos

  • Entre los márgenes del papel

    Entre los márgenes del papel

    Los documentos aparecieron al desmontar una estantería empotrada contra la pared norte de una biblioteca de apenas dos metros cuadrados. El edificio —una antigua casa de maestros con muros desconchados, techos vencidos por la humedad y una chimenea que exhalaba frío en lugar de calor— había estado cerrado durante décadas, aunque alguien se había encargado de mantener la cerradura lubricada. No había signos de saqueo ni grafitis, solo polvo y una pulcritud casi respetuosa, como si los visitantes hubieran sido silenciosos, o invisibles.

    Los papeles estaban encajonados en un sobre de lino amarillento, entre páginas arrancadas de libros técnicos y facturas sin destinatario. No había nombres, solo iniciales dispersas, garabateadas en tinta azul, algunas líneas apenas legibles en letra inclinada, apretada, con signos de haber sido escrita deprisa, como si alguien transcribiese algo que no debía olvidar. O que no quería recordar.

    No era tanto lo que decían esas frases, sino lo que sus márgenes revelaban: notas al margen, números sin contexto, palabras subrayadas que repetían un patrón que solo parecía tener sentido al no tenerlo del todo. En una esquina, por ejemplo, se leía:
    «No es la dirección lo que importa, sino el temblor en la mano al escribirla.»
    Y más abajo, en vertical:
    «13 pasos desde la estufa. No mirar atrás.»

    Nadie recordaba que aquel lugar hubiese funcionado como escuela en los últimos cincuenta años. Pero lo fue. Aún quedaban colgados los ganchos numerados para abrigos y una campana sin badajo en la entrada principal. Los cuadernos de ejercicios aparecían en los estantes más altos, algunos con ejercicios de aritmética, otros con relatos breves firmados con nombres que no aparecían en ningún registro municipal. Muchos de los textos coincidían en un detalle: hablaban de algo que se oía por las noches detrás del armario más cercano a la sala de lectura. Algo que no caminaba ni reptaba. Solo golpeaba una vez. Siempre una sola vez.

    Una de las páginas más intrigantes del sobre contenía un listado incompleto. A simple vista parecía un inventario de objetos:

    • Cuaderno de tapas rojas
    • Carpeta con fotografías (faltan 3)
    • Pañuelo bordado con “J”
    • Llave sin cerradura
    • Caja de hojalata vacía (¿?)

    El signo de interrogación al final no pertenecía al redactor. Alguien lo había añadido con bolígrafo más reciente, quizás en los años ochenta. Un análisis caligráfico posterior demostró que todas las notas marginales habían sido escritas por al menos tres personas distintas.

    Una libreta más pequeña, encuadernada con hilo, contenía únicamente una palabra escrita en distintas formas: “volver”. A veces tachada. A veces multiplicada hasta el borde inferior, como un eco mecánico.

    El arqueólogo encargado de la catalogación aseguró no haber sentido nada extraño mientras revisaba el material, aunque en el informe final añadió una línea sin justificar:
    «Alguien, o algo, dejó esas notas para ser encontradas en el momento preciso. Ni antes ni después.»

    En la última hoja del conjunto, rota por la mitad, se podía leer lo siguiente:
    «Si estás leyendo esto, ya es demasiado tarde para olvidarlo.»
    Y justo en el margen inferior derecho, casi borrada por una mancha de humedad, otra frase:
    «Entre los márgenes del papel no está la verdad, sino lo que la sostiene.»

    Ninguno de los objetos listados en el inventario fue hallado en el edificio.

  • Bajo el peso de la escarcha

    Bajo el peso de la escarcha

    En los campos del norte, allá donde los árboles no dan sombra sino figuras detenidas, la escarcha se posa sin anunciarse, como lo hacen las cosas que no piden permiso para quedarse. Cada invierno trae consigo una repetición apenas perceptible: las mismas hojas muertas en la misma curva del camino, los cristales rotos de una vieja parada de autobús, el mismo silencio extendido como una sábana húmeda sobre la carretera secundaria.

    Recuerdo una mañana de diciembre en la que el mundo parecía haber olvidado moverse. La casa, antigua y aislada, tenía la fachada cubierta por un velo blanco, como si la noche hubiera decidido embalsamarla. En la ventana, los cristales empañados permitían ver, entre dibujos de hielo, una mesa puesta desde hace días, tal vez desde hace años. No había nadie. O quizás sí: alguien que se había confundido con el mobiliario, con los objetos inertes, con la sombra proyectada por una lámpara que ya no encendía.

    Caminé por el sendero de grava, que crujía como si pisara huesos diminutos. A lo lejos, un espantapájaros de trapo mantenía la postura estoica de quien espera noticias. Llevaba un gorro rojo desteñido y un abrigo hecho con retales que ya no protegían a nadie. Me pregunté si alguien más lo habría visto, si habría servido realmente para espantar algo más que la memoria.

    La escarcha no solo pesa sobre la tierra: también lo hace sobre el pecho. Es un frío que no abriga, que se instala detrás de los ojos y convierte las lágrimas en agujas. En aquel lugar olvidado, bajo ese cielo plano como una hoja de papel, comprendí que la escarcha no es ausencia de calor, sino una forma persistente de presencia: todo lo que fue, sigue ahí, congelado.

    En un banco oxidado, encontré una revista de 1987, con una fotografía en portada de un paisaje parecido. Era un número especial sobre turismo rural. Me detuve a mirar la fecha, subrayada a bolígrafo por alguna mano antigua. El tiempo no se había detenido, simplemente había decidido pasar por otro lado.

    Bajo el peso de la escarcha, las cosas no desaparecen: se endurecen, resisten, susurran. No hace falta comprenderlas. Solo basta con escucharlas, como quien escucha el crujido del suelo antes del deshielo.